Cuando terminaba la catequesis, y en el
nombre de Dios, les comulgaba.
Une a une pasaban les niñes al
confesionario.
Y cada día ahí les esperaba Dios.
La sotana escondida debajo de la silla
y una erección divina en la entrepierna.
Y ahí empezaba el ritual de cada
Martes por la tarde.
Y les niñes
pasaban une a une. Y mordían la carne porque era carne santa.
Y bendecían
después de cada encuentro con Dios (y con su
espíritu).
Y la polla
homicida se iba haciendo cada vez más roja y con más venas.
Y parecía que
fuera a estallarse de sangre.
Y los jadeos de
Dios les hablaban al fondo del orgasmo.
"Tomad
y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre
de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por
todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en
conmemoración mía".
Y les niñes
posaban une a une. Y bebían del cuerpo cada gota, porque era sangre
santa. Blanca como la sangre de los dioses.
Se
repiten al fondo del pasillo “Este
es el sacramento de nuestra fe.”.
Y ese es el ritual
de cada Martes, tras las clases de Biblia y de moral tan cristiana y
tan católica.
“Te
pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada
a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel,
para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo al
participar aquí de tu altar, seamos colmados de gracia y bendición.”
Y
piensan luego en toda la miseria que mata a sus hermanes más allá
de la iglesia. Y chupan con más ganas para que acabe todo.
(“Acuérdate
también, Señor, de nuestros hermanos difuntos que nos han precedido
con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz.”).
Y
dónde habrá un ejército de Judas que claven en la Cruz a ese
cobarde. Que atraviesen su piel les humillades. Que aprendan en su
sangre la verdad. Que la muerte siempre dura más de tres días.
Y
que brille esa sangre caliente brotando por sus yagas. Roja.
Como la sangre de todes les mortales.

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