Muchas me lo preguntan diariamente cada vez que se habla de los secuestros, de las peleas, de las persecuciones.
¿Cómo yo, que tan fuerte y tan batalla llegué a asumir la cárcel como sueño? ¿Cómo se deja el cielo tan de lado?
Muchas veces hasta el día de hoy me ha hecho falta contarlo.
Me supongo que fueron la entrega y el descaro.
Por primera vez en la historia que fue to...
da mi vida no tener que esconderme.
Para entender la sangre es necesario embadurnarse un poco del pasado. Y en días como hoy una empieza a necesitar contarlo.
Desde que llegue al mundo de lxs niñxs, allá con mis tres años, mi refugio era un escondite en el recreo, una trinchera en el patio de nuestra guardería. Allí mis allegadxs se acercaban a verme cuando nadie les veía en el campo de batalla. Había que esperar a que los otros, los niños que jugaban en el patio, estuvieran centrados en sus cosas o se hubieran marchado o la sirena les hubiera llamado para entrarse en las aulas.
El escondite, el coger y las muñecas me estuvieron vetadas muchos años. A veces, cuando se hacía la tarde y nadie vigilaba, una vecina me llamaba a casa. Íbamos al garaje de su casa y jugábamos horas como enanas.
La clandestinidad marcó la norma desde los tres hasta los quince años. Mis cumpleaños siempre fueron cosa de familia. Aunque siempre jugué a escribir postales de las de invitaciones, que nadie me aceptaba. A veces el teatro era algo más complejo. Me rompían las tarjetas en el patio, incluso alguna me escupió a la cara. Luego por la noche, cuando todavía resbalaba saliva de mis labios, venían ellas mismas escondidas a darme los regalos.
El primer cumpleaños, en público y formal, con su tarjeta y sus chuches y sus juegos, al que se me invitó fue ya con 11 años. Cuando me pusieron la carta entre las manos, se me hizo un nudo de llanto en la garganta. Ni los primeros reyes de un huérfano de calle podrían explicarlos. Regalarme un escribirme una carta, en público y sin miedo, exponerse a los riesgos de que todos supieran. Fue el mejor regalo de todos los primeros 10 años de mi vida.
Pero paso lo que hubo de pasar. Llegaron ellxs, lxs otrxs. Cuando ya estaba con su mano al cuello y a punto de caer del balcón de un tercer o cuarto piso consegui escaquearme entre las piernas de esos monstruos gigantes que no pudieron faltar a la celebración. Ni que decir tiene que fue mi primer y último cumpleaños.
Luego llegó el instituto. Porros y adolescencia. Otro mundo que me quedó tan lejos. La gente empezó a ser cada vez más sociable y entonces la soledad se hizo una piedra más grande. El teléfono que nunca sonaba, el dia que mi abuela se moría y en mi casa había huevos manchando la fachada y eran carnavales y las fiestas, y el bullicio y las gentes eran de nuevo tan insoportables.
A partir de los 15 la vida fue otra cosa. Llegué a esa otra ciudad, la vida parecía empezar a crearse. Pero empezaron el sexo y otros cuentos.
Mi primer polvo fue también clandestino. Terminó en pelea cuando le conté a alguien. Él me dijo, sin temblarle la voz en las palabras, que "cómo iba a aguantar a sus colegas sabiendo que había follado con alguien como yo". Mi primer rollo fue algo parecido. Incluso la primera vez que besé a la mujer de la que pude estar más enamorada, fue escondidas en un rincón del parque. Y me pidió (de nuevo, como todos) que por favor no lo contase a nadie.
Así fue como desde los 15 hasta los 20 me acostumbré al repudio, a lo privado. Fui asumiendo la verguenza de serme. De serme en este cuerpo y estas manos.
Y todavia continúo la historia. Me encontré comenzando la relación más soñada de mi vida. Era la vida mágica, la libertad suprema, el sueño de ganar al fin esta batalla. Sin embargo y como siempre, todo se reproduce eternamente. Él me llamaba en la noche, cuando ya no quedaba nadie entre sus huesos. Cuando estabamos en la plaza todos juntos, el siempre amaba sin pudor, con descaro, a ella, su otra amante. A mi me reservaba para las noches frías, para cuando ella y ellos y el mundo no estuvieran. Para cuando nadie nos viera. Es irónico. Yo también tuve amantes durante aquellos años. Uno de mis colegas. Follamos una noche en su casa cuando todos se fueron. Antes de tres semanas ya había hecho en público su declaración de intenciones, sus disculpas. "Qué fallo más estúpido, estaba de bajona, tu sabes, mi ex y otras historias". Y yo lo iba asumiendo. El amor, el cariño, la amistad y las ganas, la clandestinidad de las palabras. El repudio y el asco. El ocultarme siempre, guardarme en el desván de las palabras. El asco de vivirme en estas pieles.
Por eso cuando llego él y por primera vez, por primera vez en mi jodida vida, una persona me cogió la mano en un festival rodeados de gente, y mis dedos se quedaron helados. Y pasé tanto miedo y me descubrí espantada diciendo "Cuidado, no hagas eso, alguien podría verte", y él se quedó confuso sin entender el miedo. Por eso, porque él se convirtió en la primera vez en mi vida que alguien no se escondía de quererme. Que alguien no tenía miedo de que todos supieran. La primera vez que iba a un examen y al salir había alguien esperando en la puerta, preguntando ¿qué tal?, dándome incluso un beso.
Por eso, porque me fue quitando el miedo, porque por primera vez en la historia de mis huesos, empecé a pensar que merecía amor, que merecía que no se me ocultase, que no quería dar asco ni esconderme. Porque pasé de la clandestinidad más férrea y más extrema a que un dia me comieran el coño en la calle maś transitada de la Costa del Sol. Porque era la primera vez que alguien no tenía miedo a que lo vieran conmigo. Porque ya no me decían que no fuera a la Graduación de fin de curso para que no me viera la familia. O que no me acercase a ella cuando volviera el grupo para que no supieran. O que no le mirase siquiera cuando llegara a clase para que sus colegas no sospechasen nada. Porque ya no me decían las frases de siempre. "En verdad yo me fijé en ti porque me parecías asequible y fácil, ahora que llego ella estoy a otro nivel que ni si quiera aspiraba". "¿Cómo se te ocurre contarle a los demás? ¿Qué quieres que haga con todos sabiendo que me acosté contigo?" "Si no fuera porque me sirvió pa el bajón, me arrepentiría de haberme llegado a acostar contigo", "sabes que está contigo porque es lo que tiene a mano, quien coño iba a querer follar contigo teniendo cualquier otra cosa?" "Claro, me fui con ella para aprovecharme." "Era un polvo fácil" o "Me pasaba apuntes" o "Me invitaba a mogollón de cosas". Por primera vez, era yo la invitada, me decían te quiero a voz en grito y no se avergonzaban.
Aprendí a aceptar que merecía amor. Que merecía que alguien no tuviera verguenza de que todos supieran que estaba enamorado de mí. Dejé de sentir que un "Te quiero" en público no podía ser mio. Dejé de aceptar el repudio y el asco. Dejé de ser la amante privada, el secreto de todos, la lacra inconfesable.
Jugó con esa carta. Y me ganó la vida. Cuando el mundo te escupe con sus fauces manchadas, un detalle tan tonto como es no ocultarte, no esconderte del mundo, no condenarte al rincón olvidado de una sala oscura, puede hacerte entregarte demasiado.
Luego paso la historia que se conocen mejor los demás. Usó esa baza para hacerme suya. Me condenó al saber que yo sólo era digna para él. Que qué cojones haría en un mundo tan hostil si él algún día me faltara. Me dio a elegir entre él y su entrega interminable y un mundo que día a día me negaba.
Me dijo que no soportaba verme feliz en ese mundo. Que él me daba tanto para nada. Y me vi hecha una mierda en ese mundo. Y pasé tanto miedo. Y fui tan vulnerable. Por eso paso todo los demás. Por eso la cárcel de las palabras.
Y aunque ya halla aprendido a vivir sola, a ser feliz y a luchar contra el miedo, todavía hoy en día envidio a ratos a las personas que son admiradas en público, a las que se les dice "Te quiero" sin vergüenza, a las que no tienen que esperar el momento de soledad perfecto, de intimidad forzada para que se les diga lo que valen.
Y aunque sepa y me diga tantas veces al día que ahora ya no es antes, que todo es tan distinto, todavía hay noches como esta misma noche en las que vuelven las voces de patio de colegio y me dan miedo el silencio y los puntos suspensivos. Y me asusta el pudor y la falta de descaro. Me da pavor volver a ser en lo privado. Y por eso aún se me saltan las lágrimas cada vez que cualquiera me abraza por la calle. Y por eso, aunque me repita tantas veces que hemos llegado al fin a un rincón seguro, que ya nada es lo mismo, me asusto todavía cada vez que se me niega un "te quiero" entre el bullicio, o cada vez que la persona a la que más quiero en este puto mundo me contesta con la boca pequeña para que no nos oigan, o se esconde en un cuarto entre susurros. Por eso me acojona aún ver a mi gente callarse las palabras. Es como verles suplicar el silencio, el secreto a ultratumba. Para que no nos oigan. Para que no se rían. Para que no les juzguen. Para que no se vayan.
¿Cómo yo, que tan fuerte y tan batalla llegué a asumir la cárcel como sueño? ¿Cómo se deja el cielo tan de lado?
Muchas veces hasta el día de hoy me ha hecho falta contarlo.
Me supongo que fueron la entrega y el descaro.
Por primera vez en la historia que fue to...
da mi vida no tener que esconderme.
Para entender la sangre es necesario embadurnarse un poco del pasado. Y en días como hoy una empieza a necesitar contarlo.
Desde que llegue al mundo de lxs niñxs, allá con mis tres años, mi refugio era un escondite en el recreo, una trinchera en el patio de nuestra guardería. Allí mis allegadxs se acercaban a verme cuando nadie les veía en el campo de batalla. Había que esperar a que los otros, los niños que jugaban en el patio, estuvieran centrados en sus cosas o se hubieran marchado o la sirena les hubiera llamado para entrarse en las aulas.
El escondite, el coger y las muñecas me estuvieron vetadas muchos años. A veces, cuando se hacía la tarde y nadie vigilaba, una vecina me llamaba a casa. Íbamos al garaje de su casa y jugábamos horas como enanas.
La clandestinidad marcó la norma desde los tres hasta los quince años. Mis cumpleaños siempre fueron cosa de familia. Aunque siempre jugué a escribir postales de las de invitaciones, que nadie me aceptaba. A veces el teatro era algo más complejo. Me rompían las tarjetas en el patio, incluso alguna me escupió a la cara. Luego por la noche, cuando todavía resbalaba saliva de mis labios, venían ellas mismas escondidas a darme los regalos.
El primer cumpleaños, en público y formal, con su tarjeta y sus chuches y sus juegos, al que se me invitó fue ya con 11 años. Cuando me pusieron la carta entre las manos, se me hizo un nudo de llanto en la garganta. Ni los primeros reyes de un huérfano de calle podrían explicarlos. Regalarme un escribirme una carta, en público y sin miedo, exponerse a los riesgos de que todos supieran. Fue el mejor regalo de todos los primeros 10 años de mi vida.
Pero paso lo que hubo de pasar. Llegaron ellxs, lxs otrxs. Cuando ya estaba con su mano al cuello y a punto de caer del balcón de un tercer o cuarto piso consegui escaquearme entre las piernas de esos monstruos gigantes que no pudieron faltar a la celebración. Ni que decir tiene que fue mi primer y último cumpleaños.
Luego llegó el instituto. Porros y adolescencia. Otro mundo que me quedó tan lejos. La gente empezó a ser cada vez más sociable y entonces la soledad se hizo una piedra más grande. El teléfono que nunca sonaba, el dia que mi abuela se moría y en mi casa había huevos manchando la fachada y eran carnavales y las fiestas, y el bullicio y las gentes eran de nuevo tan insoportables.
A partir de los 15 la vida fue otra cosa. Llegué a esa otra ciudad, la vida parecía empezar a crearse. Pero empezaron el sexo y otros cuentos.
Mi primer polvo fue también clandestino. Terminó en pelea cuando le conté a alguien. Él me dijo, sin temblarle la voz en las palabras, que "cómo iba a aguantar a sus colegas sabiendo que había follado con alguien como yo". Mi primer rollo fue algo parecido. Incluso la primera vez que besé a la mujer de la que pude estar más enamorada, fue escondidas en un rincón del parque. Y me pidió (de nuevo, como todos) que por favor no lo contase a nadie.
Así fue como desde los 15 hasta los 20 me acostumbré al repudio, a lo privado. Fui asumiendo la verguenza de serme. De serme en este cuerpo y estas manos.
Y todavia continúo la historia. Me encontré comenzando la relación más soñada de mi vida. Era la vida mágica, la libertad suprema, el sueño de ganar al fin esta batalla. Sin embargo y como siempre, todo se reproduce eternamente. Él me llamaba en la noche, cuando ya no quedaba nadie entre sus huesos. Cuando estabamos en la plaza todos juntos, el siempre amaba sin pudor, con descaro, a ella, su otra amante. A mi me reservaba para las noches frías, para cuando ella y ellos y el mundo no estuvieran. Para cuando nadie nos viera. Es irónico. Yo también tuve amantes durante aquellos años. Uno de mis colegas. Follamos una noche en su casa cuando todos se fueron. Antes de tres semanas ya había hecho en público su declaración de intenciones, sus disculpas. "Qué fallo más estúpido, estaba de bajona, tu sabes, mi ex y otras historias". Y yo lo iba asumiendo. El amor, el cariño, la amistad y las ganas, la clandestinidad de las palabras. El repudio y el asco. El ocultarme siempre, guardarme en el desván de las palabras. El asco de vivirme en estas pieles.
Por eso cuando llego él y por primera vez, por primera vez en mi jodida vida, una persona me cogió la mano en un festival rodeados de gente, y mis dedos se quedaron helados. Y pasé tanto miedo y me descubrí espantada diciendo "Cuidado, no hagas eso, alguien podría verte", y él se quedó confuso sin entender el miedo. Por eso, porque él se convirtió en la primera vez en mi vida que alguien no se escondía de quererme. Que alguien no tenía miedo de que todos supieran. La primera vez que iba a un examen y al salir había alguien esperando en la puerta, preguntando ¿qué tal?, dándome incluso un beso.
Por eso, porque me fue quitando el miedo, porque por primera vez en la historia de mis huesos, empecé a pensar que merecía amor, que merecía que no se me ocultase, que no quería dar asco ni esconderme. Porque pasé de la clandestinidad más férrea y más extrema a que un dia me comieran el coño en la calle maś transitada de la Costa del Sol. Porque era la primera vez que alguien no tenía miedo a que lo vieran conmigo. Porque ya no me decían que no fuera a la Graduación de fin de curso para que no me viera la familia. O que no me acercase a ella cuando volviera el grupo para que no supieran. O que no le mirase siquiera cuando llegara a clase para que sus colegas no sospechasen nada. Porque ya no me decían las frases de siempre. "En verdad yo me fijé en ti porque me parecías asequible y fácil, ahora que llego ella estoy a otro nivel que ni si quiera aspiraba". "¿Cómo se te ocurre contarle a los demás? ¿Qué quieres que haga con todos sabiendo que me acosté contigo?" "Si no fuera porque me sirvió pa el bajón, me arrepentiría de haberme llegado a acostar contigo", "sabes que está contigo porque es lo que tiene a mano, quien coño iba a querer follar contigo teniendo cualquier otra cosa?" "Claro, me fui con ella para aprovecharme." "Era un polvo fácil" o "Me pasaba apuntes" o "Me invitaba a mogollón de cosas". Por primera vez, era yo la invitada, me decían te quiero a voz en grito y no se avergonzaban.
Aprendí a aceptar que merecía amor. Que merecía que alguien no tuviera verguenza de que todos supieran que estaba enamorado de mí. Dejé de sentir que un "Te quiero" en público no podía ser mio. Dejé de aceptar el repudio y el asco. Dejé de ser la amante privada, el secreto de todos, la lacra inconfesable.
Jugó con esa carta. Y me ganó la vida. Cuando el mundo te escupe con sus fauces manchadas, un detalle tan tonto como es no ocultarte, no esconderte del mundo, no condenarte al rincón olvidado de una sala oscura, puede hacerte entregarte demasiado.
Luego paso la historia que se conocen mejor los demás. Usó esa baza para hacerme suya. Me condenó al saber que yo sólo era digna para él. Que qué cojones haría en un mundo tan hostil si él algún día me faltara. Me dio a elegir entre él y su entrega interminable y un mundo que día a día me negaba.
Me dijo que no soportaba verme feliz en ese mundo. Que él me daba tanto para nada. Y me vi hecha una mierda en ese mundo. Y pasé tanto miedo. Y fui tan vulnerable. Por eso paso todo los demás. Por eso la cárcel de las palabras.
Y aunque ya halla aprendido a vivir sola, a ser feliz y a luchar contra el miedo, todavía hoy en día envidio a ratos a las personas que son admiradas en público, a las que se les dice "Te quiero" sin vergüenza, a las que no tienen que esperar el momento de soledad perfecto, de intimidad forzada para que se les diga lo que valen.
Y aunque sepa y me diga tantas veces al día que ahora ya no es antes, que todo es tan distinto, todavía hay noches como esta misma noche en las que vuelven las voces de patio de colegio y me dan miedo el silencio y los puntos suspensivos. Y me asusta el pudor y la falta de descaro. Me da pavor volver a ser en lo privado. Y por eso aún se me saltan las lágrimas cada vez que cualquiera me abraza por la calle. Y por eso, aunque me repita tantas veces que hemos llegado al fin a un rincón seguro, que ya nada es lo mismo, me asusto todavía cada vez que se me niega un "te quiero" entre el bullicio, o cada vez que la persona a la que más quiero en este puto mundo me contesta con la boca pequeña para que no nos oigan, o se esconde en un cuarto entre susurros. Por eso me acojona aún ver a mi gente callarse las palabras. Es como verles suplicar el silencio, el secreto a ultratumba. Para que no nos oigan. Para que no se rían. Para que no les juzguen. Para que no se vayan.

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