Tuesday, November 30, 2010

Hay una jeringuilla clavada en mis neuronas,
una aguja esterilizada y dolorosa.
Una boca minúscula y sangrienta.
Un microtubo vampiro que me sangra.

El miedo es una flebotomía interminable.
Un olor a hospital, batas blancas, pantalones verdes,
una camilla negra y una cinta a juego
que te exprime las venas.

Sentir como esa boca alargada y enerma
te fracciona la piel por un instante
te desnuda de todo,
te penetra de un golpe
y te succiona la vida
lentamente.

El pánico no puede ser otra cosa
sino esa violación aletargada,
esos dedos muchachos que te aprietan la carne
y te miran promiscuos las raíces azules
que acarician tu cuerpo por todos sus rincones.

Y te arrastran sin peros,
y te arrancan millones
de moléculas de agua.

Y con ellas se escapan, sin que puedas saberlo,
la saliva dormida de tu último beso,
el oxigeno negro que respiraste azul
tras tus párpados muertos,
el sudor que lamiste
de uno de tantos cuerpos.

Un millón de momentos
que guardabas con celo,
disueltos en sangre
para no dar lugar
al cerebro a perderlos
o, más terrible aún,
a la memoria a dejar
que los convierta,
sin más,
en un recuerdo.

Y se van en cuatro frascos rojos
dejándote un dolor agujereante
y una vena violada y ultrajada
vacía de nostalgias
y cargada de Rabia

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