Wednesday, December 30, 2009

Tabús

Cambian los tabús. Nos escondemos para vernos fuertes.

Y hablamos continuamente. Hablamos “sin reparo”, “sin vergüenza”. Y podemos hablar sin inmutarnos de ese lamer de cuerpos, de gotas de sudor que caen a borbotones, de cuerpos pegajosos y de pollas que nos babean en el vientre.
Hablamos sin parar, sin miedos, sin barreras. De cómo nos atrapan el sexo con la mano, de cómo nos taladran, de una lengua que sube y de cómo bordea y te esquiva el clítoris para llevarte al clímax.

Hablamos y sentimos que nos somos libres y que así nos mostramos.

De los dedos que entran, de cómo se nos llena el sexo de fluídos, de cómo nos corremos de forma interminable hasta desgastarnos la garganta, las piernas y las ganas de amar.

Hablamos como perras en celo que se muerden, se arañan, se desviven, se agarran a la carne hasta casi estallarse, se sienten como bestias que se rompen los huesos.


Pero nos ocultamos, animales enfermas. Para sabernos fuertes, nos callamos las ganas de llorar tras un polvo, nos callamos el miedo, nos callamos que luego no podemos mirarnos al espejo tranquilas. Nos callamos ese sentirnos sucias por dentro, como si una serpiente nos hubiera embestido y fuéramos ahora de podrido veneno.

Nos callamos la angustia, los nudos en el pecho que amenazan sangrarnos.
Y aún también nos callamos nuestro mayor tabú. Para sabernos fuertes. Para que no nos hieran.

Callamos el amor como una horrible bestia que ha de ser acallada, reducida, olvidada. Callamos todo aquello que es parte de nosotras. Lo ocultamos debajo de todo lo que es físico, de todo en lo que apenas dejamos nada nuestro, que no nos compromete.

Jugamos a creernos robots de acero eterno que follan como humanxs y sienten como sólo puede sentir el hierro.

Pero nunca contamos que hemos cedido a sernos un poco más nosotras. Que hemos mirado a otrxs con el pulso creciendo, que nos hemos querido fundir con otros cuerpos casi sin acercarnos. Que hemos sido sinceras y nos hemos mostrado más allá de los cuerpos. Que hemos sido nostalgia, que hemos dicho “Te quieros”.

Jugamos a creernos que los demás nos creen. Y reímos a dientes contando cómo el sexo se despedaza entero, cómo al final nos duele, cómo se nos taladra, se nos muerden los pechos, se nos atragantan las uñas en el sexo.



Y reímos como si la risa fuera el máximo exponente del miedo

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