En casa nadie lleva la cuenta de los cuchillos. No pasa nada si desaparece uno.
Los golpes. Lo peor no son los golpes. Es esa cuerda gelatinosa y larga. Muy larga. Se enreda en todos los vacíos del cerebro.
El mundo nos envejece. No hay que vivir mucho para darse cuenta. A falta de años, te pesan los días. Como si fueran bolas de sangre condensada. Una masa pastosa en los pulmones que se expande.
Lo peor no son los temblores. Es el ruido de fuel y gasolina en la cabeza, el estrépito, verlo todo borroso detrás de esa supuesta nitidez que te dan esas lentes graduadas.
Lo peor no es la sangre. Lo peor es agradecer la sangre porque sabes que nada puede ser más vivo en todo lo que tocas.
Lo peor es el nudo que se aprieta en mi carne hasta deshacerme.
Quiero pedirte con amor, con ternura, con cariño, con ansias, con urgencia que no me dejes así cuando me asfixio. Tira del nudo fuerte hasta romperme. No dejes que me ahogue lentamente.
Tírame a la basura en un secreto, que no te vea nadie, que no sepan. Arrástrame la carne. Yo sola no consigo ni matarme ni seguir así, viviendo
y aquí en el limbo huele a chamusquina desde el mismo momento en que empecé a morir.
Arrástrame el cadáver, piensa que si lo haces es porque me quieres. Por que no puedo afrontar mis muertes sola.
Te necesito ahí, cogiéndome la mano, diciéndome "tranquila, no te dolerá" (y que por una vez sea cierto), acariciándome el pelo con los dedos, electrizándome la piel hasta calmarme, apretando el gatillo hasta que duerma. |
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