Sunday, July 5, 2009

Entierro

No estaba muerta.
Lo sabían cuando las flores empezaron a caer sobre la tumba.
Lo sabían también cuando la tierra cayó sobre la madera hasta ocultara.

Lo sabían en sus interminables llantos
de huérfanos,
de viudo,
de abuela que ha dejado de ser madre.

Lo sabían todos y cada uno
de los pésames que hacían fila india.

Se sabía ya en el tanatorio,
y en todos esos ojos insomnes y rojos
en los gritos, en los silencios muertos.

Lo sabía el primero que supo la noticia,
quien corrió la cortina de una sala de enfermos
(la sala 101 de un hospital psiquiátrico)
y la encontró

difunta
con un libro en las manos
abierto por la página
de una dedicatoria
"A M., con cariño,
porque siempre conserves
tu sonrisa inmortal"
y con una sonrisa dibujada en los labios.

Lo supieron todos los que no lo sabían
al mirarla en su caja
disfrazada de muerta, con sus ojos volados,
los párpados azules.

Con un vestido horrendo,
negro y blanco, con restos
de carmín en los labios.

Lo supieron porque llevaba puestos
unos pendientes de plata azulados.

Y ella nunca iba a sus entierros
con pendientes de plata.

Y la plata le rozaba la cara.
Lo supieron todos, sin dudarlo,
cuando la cara muerta comenzó
a llenarse de granos y de alergias,
cuando vieron la oreja
rezumando cerumen,
cuando el verde de algún
indicio de estornudo
comenzó a gotear entre sus labios.

No estaba muerta.
Todxs lo sabían.
Nadie dijo nada.

Y lloraron la pérdida abrazadxs
y se sintieron profundamente heridos
y se sintieron profundamente unidos.

Nadie de lxs presentes conocía a la muerta.

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