Siempre es media noche
en la ciudad sin ley
que erige sus chabolas
sobre la carne movediza
de mis sesos.
Hay un niño que llora al fondo de mi cráneo
delante de una hoguera.
El calor le llena de hollín
las manos y la cara.
Ha dibujado un teclado en la arena
y lo recorre con los dedos rajados.
En el lugar donde duermen las voces que nos salvan,
una melodía de dioses
responde a las pisadas de los dedos cansados
sobre el piano de arena.
Al compás de la música,
el niño canta.
en la ciudad sin ley
que erige sus chabolas
sobre la carne movediza
de mis sesos.
Hay un niño que llora al fondo de mi cráneo
delante de una hoguera.
El calor le llena de hollín
las manos y la cara.
Ha dibujado un teclado en la arena
y lo recorre con los dedos rajados.
En el lugar donde duermen las voces que nos salvan,
una melodía de dioses
responde a las pisadas de los dedos cansados
sobre el piano de arena.
Al compás de la música,
el niño canta.

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