Ella me hablaba con sus escasos dientes. Se me han enredado en la memoria todos esos cuchillos que contaba. Todas esas pisadas, esos golpes. Todos sus Mondragones, sus gigantes, sus hombres malheridos que azotaban su cuerpo de mujer enamorada. Ella me hablaba rápido y sin prisa, yo veía esa lluvia de palabras estrellarse en mis ropas y en mis ojos y entendía que con gotas como esas es obligado odiar a los paraguas. Ella me hablaba de cosas vanales que iban a engrandecerse en ese timbre cazallero y perdido. Me hablaba de tostadas y cervezas, de monedas que le caen en la mano, de tabaco y de drogas, de cómo aún lloraba la muerte de aquel hombre que le rompió los huesos. Ella hablaba con voz de quién ha sido todas esas mujeres a las que encerraron con ella en Mondragón. Y hablaba con palabras de quién sólo conoce el aquí, lo cotidiano, con palabras de pueblo y de inocencia.
Yo tenía un montón de versos metafísicos, imposibles, absurdos e irreales. Un cajón rebosando de pleonasmos, metáforas, hipérboles, epítetos y algunas que otras aliteraciones.
Yo tenía un montón de basura en los dientes.
Y entendí, en sus palabras (que todos los demás en aquella estación miraban con reparo, con odio, repugnancia y con una mal-disimulada vergüenza de sí mismos) que a mí no me quedaban más ovarios que agachar la cabeza, bajarme las bragas ante todo ese alarido de palabras, romper todos los versos, los cajones, la basura en los dientes. Morder el polvo absurdo que me había creado. Comprender que no hacemos más que mierda, juegos de patio de colegio, jeroglíficos que no se merecen perpetuarse en ninguna posteridad.
Que lo nuestro no era poesía.
Que la poesía, la verdadera poesía, la única, la auténtica, estaba frente a mí, desdentada y hediendo a tabaco barato, descargando su alud de palabras de oro que tenía creciendo en la garganta porque eran tan de hierro, tan cuchillo afilado, que nadie en la ciudad había tenido fuerza de pararse a escucharlo. Porque era las miserias de todos y cada uno de nosotros, la suciedad de todas esas manos que se rocían con geles, con perfumes, con cremas y, sobre todo, con un montón de párpados cerrados para disimular ese olor a mierda, a podredumbre, a estiércol que nos queda en las uñas. Porque hemos moldeado con ellas toda la miseria de este mundo.
Porque somos los putos artesanos de toda la basura que viene a rodearnos. Y como un Dios cobarde y desgraciado, por no enfrentar el reto de enmendar nuestro error, los ahogamos en un diluvio interminable para escondernos de ellxs. Para que no nos lluevan.
Yo tenía un montón de versos metafísicos, imposibles, absurdos e irreales. Un cajón rebosando de pleonasmos, metáforas, hipérboles, epítetos y algunas que otras aliteraciones.
Yo tenía un montón de basura en los dientes.
Y entendí, en sus palabras (que todos los demás en aquella estación miraban con reparo, con odio, repugnancia y con una mal-disimulada vergüenza de sí mismos) que a mí no me quedaban más ovarios que agachar la cabeza, bajarme las bragas ante todo ese alarido de palabras, romper todos los versos, los cajones, la basura en los dientes. Morder el polvo absurdo que me había creado. Comprender que no hacemos más que mierda, juegos de patio de colegio, jeroglíficos que no se merecen perpetuarse en ninguna posteridad.
Que lo nuestro no era poesía.
Que la poesía, la verdadera poesía, la única, la auténtica, estaba frente a mí, desdentada y hediendo a tabaco barato, descargando su alud de palabras de oro que tenía creciendo en la garganta porque eran tan de hierro, tan cuchillo afilado, que nadie en la ciudad había tenido fuerza de pararse a escucharlo. Porque era las miserias de todos y cada uno de nosotros, la suciedad de todas esas manos que se rocían con geles, con perfumes, con cremas y, sobre todo, con un montón de párpados cerrados para disimular ese olor a mierda, a podredumbre, a estiércol que nos queda en las uñas. Porque hemos moldeado con ellas toda la miseria de este mundo.
Porque somos los putos artesanos de toda la basura que viene a rodearnos. Y como un Dios cobarde y desgraciado, por no enfrentar el reto de enmendar nuestro error, los ahogamos en un diluvio interminable para escondernos de ellxs. Para que no nos lluevan.

1 comment:
Se de quién hablas... me hablaste de ella... y supongo que has tenido que digerirlo, porque ahora entiendo mucho mejor lo que me quisiste decir aquel día sobre esa maltrecha mujer.
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